May 10 2009
Escribir es esperar
Pues sí, no creo que me pase sólo a mí. Tal vez no leo lo suficiente sobre otros escritores (no me interesa tanto como quizá debiera), pero no parece que el tema se trate muy a menudo. Sin embargo, una de las fases más penosas de la escritura es la espera.
No la espera de la musa. Yo soy de los que creen que el arte es más transpiración que inspiración. Si acaso, ese toque mágico puede ser la vidriera maravillosa de la catedral, el delicado fresco de un rincón del techo. Pero para llegar a eso es imprescindible haber construido lo demás primero, y eso es cuestión de cimientos y ladrillo.
No, la espera a la que me refiero es otra. No la de la reescritura, cuando dejas algo reposando para pulirlo más adelante. Ese intervalo es agradable, es como dejar que repose un bizcocho que sabemos que estará más sabroso al día siguiente.
No, la mala es la espera que llega una vez que tu texto sale de tus manos. Lo dejas a leer a alguien. Lo sometes a la consideración de un colaborador o de una editorial. Y sólo puedes cruzarte de brazos. No quieres predisponer opiniones y no quieres compasión sino verdad, así que no puedes decir lo mucho que has puesto en ese resultado, la prisa que tienes por conocer una mirada externa, el ansia que te corroe por saber si tus palabras causan el efecto esperado o han sido un fracaso.
Esa, esa es la mala. Empiezas a comportarte como un animal enjaulado, aunque no te des cuenta. Intentas centrarte en otros proyectos. Casi finges olvidar que alguien tiene que decirte algo sobre “lo que me pasaste”. Pero olvidarías antes que te has cortado un brazo. Estás desnudo ante la espera, desnudo ante su consecuencia. Todos tus miedos e inseguridades acechan ese cuerpecillo vulnerable como depredadores esperando su oportunidad. Si viene el rechazo, sabes que saltarán sobre ti y otra vez tendrás que ingeniártelas para ser más rápido. Ojalá lo consigas de nuevo. Pero quién sabe. Por ahora, no puedes hacer nada. Esperar.
Lo más irónico es que, si logras reponerte, serás feliz de poder escribir algo más, volverlo a echar en manos de alguien… y volver a pasar por todo esto. Una y otra vez. Es una transacción. Lo das todo y puedes perderlo. A cambio, consigues unas migajas de conocimiento que te permitan hacerlo mejor la próxima vez. O eso esperas.

Hugh Jackman está bien, aunque le hacen posar demasiado antes de cada cosa que deba hacer, lo cual acaba rozando el ridículo. Lo mismo le pasa a la caracterización de la Mole, por cierto.